- Córdoba, Argentina

Mutar, para sobrevivir

Opinión - Miércoles 25 enero, 2017


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Solo 21 días bastaron para que el panorama agropecuario se oscurezca en la región pampeana. Desde incendios en La Pampa y sur bonaerense, hasta tremendas inundaciones en casi toda la provincia de Santa Fe, y zonas de Córdoba, Entre Ríos y Buenos Aires.

 

La “bota” sufrió las peores consecuencias, ya que en tres semanas llovió la cantidad de milímetros que caen en la mitad de un año normal. Una catástrofe: 70 localidades bajo el agua con miles de evacuados, 25% de la superficie cultivable totalmente anegada, pérdidas productivas que superan los 1100 millones de dólares, 1350 tambos con 150 mil vacas afectados en el Dpto. Castellanos, 2 millones de litros/leche menos por día, rutas y autopistas cortadas, caminos rurales intransitables.

 

La cuenca lechera del noreste cordobés también fue perjudicada por más de 250 mm en pocos días, principalmente los campos y localidades ubicados en el Dpto. San Justo, a la vera de las rutas 1, 158 y 13. En promedio la producción de leche cayó un 20% (300 mil litros/día), y el ingreso de materia prima a las industrias de la zona se redujo hasta un 22%. En el norte del Dpto. San Justo, hubo unas 33 mil has anegadas, donde se contabilizaron 135 tambos con grandes dificultades. Hacia el sur del departamento la situación también se tornó complicada en El Arañado, Sacanta, Alicia, donde varios productores piensan en liquidar sus rodeos, cansados de tantas inundaciones y obras hídricas que nunca llegaron.

 

Desde este espacio, sería muy sencillo fustigar a todos los políticos que nos gobernaron a nivel provincial y nacional, desde la vuelta a la democracia hasta ahora. Poco importan las ideologías y colores políticos. La gran verdad es que las obras importantes de infraestructura, siempre se prometieron, nunca se hicieron, y tampoco sabremos si se harán.

 

Prefiero invitarlos a reflexionar qué hicimos los últimos 35 años como ciudadanos cordobeses. No podemos negar que alteramos ecosistemas de todas las formas posibles; dejamos que se hicieran grandes negocios inmobiliarios en zonas serranas; callamos cuando vimos en imágenes satelitales como crecía el desmonte en el arco noroeste; en el nuevo milenio seguimos la zanahoria que nos puso el kirchnerismo, cambiando las pasturas y los híbridos por un modelo sojero de exportación, beneficioso para las arcas del Estado y nuestros bolsillos, pero cortoplacista y destructivo en muchos aspectos; corrimos una y otra vez la frontera agrícola; subimos los alquileres hasta niveles insospechados para expulsar la ganadería hacia el norte; nos reímos cada vez que un agrónomo hacía hincapié en la rotación de cultivos con gramíneas y el control de malezas; hicimos soja sobre soja, tirando abajo los alambrados porque estorbaban, y talamos las cortinas forestales  que pusieron nuestros abuelos porque la sombra del eucaliptus no dejaba crecer bien el “yuyito”.

 

Y finalmente, el golpe de gracia: Ahogamos a los pequeños y medianos productores lecheros, que le dan movimiento al interior profundo y generan arraigo rural. Borramos historias familiares que llevaban décadas, mientras le queremos dejar un mejor futuro a nuestros hijos.

 

¡Ojo! También hicimos cosas brillantes, y  es cierto que somos capaces de alimentar el mundo. Pero deberemos hacer un mea culpa, generar un marco de confianza con el resto de la sociedad,  respetando el medio ambiente desde el rol que ocupamos, porque la madre naturaleza ya demostró que será implacable. En esa metamorfosis volvamos a nuestras raíces, dando el ejemplo, para que nuestra clase dirigente se contagie un poco, y encause de una buena vez tanta promesa incumplida.



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